sábado, 21 de noviembre de 2015

Juan Clímaco

La soledad del cuerpo es la ciencia y la paz, de la conducta y de los sentidos; la soledad del alma, la ciencia de los pensamientos y un espíritu inviolable. El amigo de la soledad es un espíritu animoso e inflexible, centinela sin sueño ante la puerta del corazón para derribar y matar a los que se aproximan. Aquel que practica esta soledad en lo profundo de su corazón comprende lo que yo digo: aquel que está todavía en la primera infancia no la ha gustado y no la comprende. El que sabe no tiene necesidad de palabras; está iluminado por la ciencia de las obras.



Aquellos en quienes el espíritu aprendió a orar en verdad, hablan al Señor frente a frente, son como los que hablan al oído del emperador. Aquellos que oran con su boca nos recuerdan a los que se prosternan ante el emperador en presencia de toda la corte. Aquellos que viven en el mundo son como los que dirigen su súplica al emperador desde la confusión de la multitud. Si habéis aprendido debidamente el arte de la oración, no habrá en esto nada de nuevo para vosotros.


La obra de la soledad (hesychia) es un desapego total de todas las cosas razonables o no. Pues aquel que se abre a las primeras encontrará seguramente las siguientes. Su segunda obra es la oración asidua; la tercera, la actividad inviolable del corazón. Es imposible, sin conocer las letras, leer los libros: imposible es, también, sin haber antes adquirido las dos primeras obras, abordar la tercera como es debido…


La lectura es poco útil para iluminar y recoger el espíritu… Sois un obrero, tened, pues, lecturas activas. Vuestra ocupación vuelve inútil cualquier otra lectura. Hallaréis vuestras luces sobre la ciencia de la santidad en los trabajos antes que en los libros.


En la vigilia de la tarde algunos extienden sus manos para la oración, inmateriales y despojados de toda preocupación; otros se entregan a la salmodia; otros se aplican a la lectura; algunos otros, en su debilidad, luchan bravamente contra el sueño trabajando con las manos; otros más se dedican al pensamiento de la muerte con el designio de obtener la compunción. Entre ese número, los primeros y los últimos perseveran en una vigilia agradable a Dios; los segundos, en una vigilia monástica; los terceros siguen el camino inferior. Pero Dios agradece y juzga la ofrenda según la intención y los medios.


En tanto no hayamos obtenido la verdadera oración, nos pareceremos a los niños que dan sus primeros pasos. Trabajad, pues, para elevar vuestro pensamiento, o mejor, para recluirlo en las palabras de vuestra oración; si la debilidad de la infancia la hace caer, levantadía nuevamente. Pues el espíritu es inestable por naturaleza, pero aquel que puede sostenerlo todo, puede, también, fijar el espíritu. Si no cesáis de combatir, aquel que fija los límites a la mar del espíritu vendrá a vosotros y dirá: «No pasarás de aquí» (Job 38, 11). Es imposible encadenar al espíritu, pero allí donde se encuentra el Creador del espíritu, todo le está sometido. Quien algún día ha visto el sol podrá hablar de él, mientras que aquel que no lo ha visto, ¿cómo podría hacerlo sin mentir?


sacado de aquí: Abandono.com