Querido J.K.:
Gracias por tu carta de año nuevo. Es una carta triste y deprimida, y comprendo demasiado bien todo ello. Pero en ella hay ,asimismo, una frase que afirma que tú sufres con el pensamiento de que a tu vida y a ti mismo les ha sido conferido un sentido, una tarea, cuyo incumplimiento te hace sufrir.
Esto es, pese a todo ,una postura llena de esperanza ,porque es literalmente verdadera ,y te ruego que traigas de cuando en cuando a tu memoria, y medites sobre ellas, este par de indicaciones que te envío. Los pensamientos que contienen no son míos, son antiquísimos y son quizá lo mejor que han pensado los hombres sobre sí propios y sobre su tarea.
Todo cuanto tú llevas a cabo en la vida, y por cierto no solo como artista, sino también como hombre, como padre, como amigo y vecino, etc., no será medido por el eterno sentido del mundo, por la justicia perenne, según un módulo firme y fijo, sino según tu medida personal e irrepetible. Cuando te juzgue, Dios no te preguntará: "¿Has llegado a ser un Hodler o un Picasso, o bien un Pestalozzi o un Gotthelf?", sino que te preguntará: "¿Has sido y te has convertido en el J.K. para el cual has recibido los dones y la herencia?" Y entonces, nunca hombre alguno podrá pasar sin vergüenza y espanto en su vida y en sus errores, y lo más que podrá decir será esto: "No,no he llegado a serlo, pero al menos lo he intentado con todas mis fuerzas". Y si puede decir esto con lealtad, estará justificado y habrá superado la prueba.
Si conceptos tales como Dios o juez eterno ,etc., te desagradan, puedes darles de lado tranquilamente; no son cosa esencial. Lo único importante es que a cada uno de nosotros le ha sido dada una herencia y una tarea, que cada uno ha heredado ciertas cualidades por parte de su padre y de su madre, por parte de innumerables antepasados, de su pueblo y su idioma, unas buenas y otras malas, unas gratas y otras difíciles de sobrellevar, talentos y defectos, y él es todo eso junto, y todo ello, lo irrepetible y único, que en tu caso se llama J.K., ha de ser administrado por él y vivido hasta el fin, ha de permitir que llegue a su madurez y devolverlo finalmente, más o menos completo y pleno. Hay ejemplos que causan una impresión inolvidable, la Historia Universal y la Historia del Arte están llenas de ellos: por ejemplo, el de aquel que, como en tantos cuentos sucede, es el tonto y el inútil de la familia y es precisamente a él a quien corresponde un papel principal, y justamente por haber permanecido fiel a su propia naturaleza ve cómo se quedan pequeños junto a él todos los más dotados y más favorecidos por el éxito.
Hubo en Frankfurt, a comienzos del pasado siglo, la aventajada familia de los Brentano, de cuyos casi veinte hijos son famosos, hoy todavía, dos: los escritores Clemens y Bettina. Pues bien: todos esos numerosos hermanos eran gente de altas prendas, interesante, cultísima, espíritus centelleantes, talentos deslumbradores; tan solo el mayor de todos fue y permaneció siempre un hombre sencillo, que pasó toda su vida en la casa paterna como un silencioso ángel familiar, incapaz de nada, piadoso como católico, paciente y bondadoso como hermano e hijo, y en medio del ingenioso y alegre enjambre de los hermanos, que se comportaban a veces con un punto de excentricidad, se convirtió más y más en un silencioso punto central y de equilibrio, en una singularísima joya hogareña de la que irradiaban paz y bondad. Y de este simple, de este siempre niño, hablan todos los hermanos con una reverencia y un amor tan grandes como de ninguna otra persona en el mundo.
Todo cuanto tú llevas a cabo en la vida, y por cierto no solo como artista, sino también como hombre, como padre, como amigo y vecino, etc., no será medido por el eterno sentido del mundo, por la justicia perenne, según un módulo firme y fijo, sino según tu medida personal e irrepetible. Cuando te juzgue, Dios no te preguntará: "¿Has llegado a ser un Hodler o un Picasso, o bien un Pestalozzi o un Gotthelf?", sino que te preguntará: "¿Has sido y te has convertido en el J.K. para el cual has recibido los dones y la herencia?" Y entonces, nunca hombre alguno podrá pasar sin vergüenza y espanto en su vida y en sus errores, y lo más que podrá decir será esto: "No,no he llegado a serlo, pero al menos lo he intentado con todas mis fuerzas". Y si puede decir esto con lealtad, estará justificado y habrá superado la prueba.
Si conceptos tales como Dios o juez eterno ,etc., te desagradan, puedes darles de lado tranquilamente; no son cosa esencial. Lo único importante es que a cada uno de nosotros le ha sido dada una herencia y una tarea, que cada uno ha heredado ciertas cualidades por parte de su padre y de su madre, por parte de innumerables antepasados, de su pueblo y su idioma, unas buenas y otras malas, unas gratas y otras difíciles de sobrellevar, talentos y defectos, y él es todo eso junto, y todo ello, lo irrepetible y único, que en tu caso se llama J.K., ha de ser administrado por él y vivido hasta el fin, ha de permitir que llegue a su madurez y devolverlo finalmente, más o menos completo y pleno. Hay ejemplos que causan una impresión inolvidable, la Historia Universal y la Historia del Arte están llenas de ellos: por ejemplo, el de aquel que, como en tantos cuentos sucede, es el tonto y el inútil de la familia y es precisamente a él a quien corresponde un papel principal, y justamente por haber permanecido fiel a su propia naturaleza ve cómo se quedan pequeños junto a él todos los más dotados y más favorecidos por el éxito.
Hubo en Frankfurt, a comienzos del pasado siglo, la aventajada familia de los Brentano, de cuyos casi veinte hijos son famosos, hoy todavía, dos: los escritores Clemens y Bettina. Pues bien: todos esos numerosos hermanos eran gente de altas prendas, interesante, cultísima, espíritus centelleantes, talentos deslumbradores; tan solo el mayor de todos fue y permaneció siempre un hombre sencillo, que pasó toda su vida en la casa paterna como un silencioso ángel familiar, incapaz de nada, piadoso como católico, paciente y bondadoso como hermano e hijo, y en medio del ingenioso y alegre enjambre de los hermanos, que se comportaban a veces con un punto de excentricidad, se convirtió más y más en un silencioso punto central y de equilibrio, en una singularísima joya hogareña de la que irradiaban paz y bondad. Y de este simple, de este siempre niño, hablan todos los hermanos con una reverencia y un amor tan grandes como de ninguna otra persona en el mundo.
De este modo también se le otorgó a él, el infeliz,el tonto,un sentido y una tarea que supo cumplir con mayor perfección que el resto de sus brillantes hermanos.
Abreviando: cuando un hombre siente la necesidad de justificar su vida,no importa la grandeza objetiva,general,de su labor,sino justamente el que haya sabido realizar su esencia y naturaleza,todo cuanto le ha sido dado,tan plena y puramente como le sea posible en su vida y en sus acciones.
Mil diversas tentaciones nos apartan constantemente de esta senda; pero la más fuerte de todas estas tentaciones es esta; que,en el fondo,se desearía ser una persona completamente distinta de la que se és; que se siguen dechados e ideales a los que jamás se podrá alcanzar y que,además,no se deben alcanzar.Esta tentación,por ello mismo,es singularmente fuerte para los hombres de condición superior y mucho mas peligrosa que los vulgares peligros del simple egoísmo,porque tienen la apariencia de lo noble y lo moral.
Todo muchacho ha querido ser,a una determinada edad de su vida,conductor de camión o maquinista de tren,luego cazador o general,más tarde un Goethe o un Don Juan; esto es natural y pertenece al natural desarrollo y evolución de la persona y a la autoeducación,porque la fantasía tantea en cierto modo las posibilidades para el futuro.Pero la vida no cumple estos deseos y los ideales infantiles y juveniles mueren por sí solos. Y, sin embargo,siempre se anhela algo que no le corresponde a uno,y se atormenta a la propia naturaleza con exigencias que la violentan. A todos nos sucede esto.Pero entre medias,en horas de vigilia interior,percibimos una y otra vez que no existe camino alguno que nos saque fuera de nosotros mismos y nos introduzca en otra cosa,que hemos de atravesar la vida con nuestro dones y defectos propios,personales,y entonces suele suceder también que proseguimos nuestra marcha durante un breve trecho,que se nos logra felizmente algo que hasta entonces no habíamos podido conseguir, y que durante un instante nos aprobamos a nosotros mismos sin dudas y podemos sentirnos satisfechos. Esto no dura mucho, claro es; pero, sin embargo, lo más íntimo en nosotros aspira de modo exclusivo a sentirse crecer y madurar por sí mismo. Solo entonces se está en armonía con el mundo, y a cada uno de nosotros le sucede tal cosas raras veces, pero la experiencia es tanto más profunda y significativa.
No debo olvidar que con este recuerdo dedicado a la tarea impuesta de modo irrepetible a cada individuo no me refiero en modo alguno a eso que nuevos y viejos dilettantes del Arte llaman la custodia y la realización de su individualidad y originalidad. Es obvio que un artista cualquiera, si hace del Arte su profesión y el contenido de su existencia, aprende primeramente todo cuanto en técnica del oficio sea posible aprender y no debe en modo alguno pensar que puede prescindir de este aprendizaje para que no se echen a perder su preciosa personalidad y originalidad. El artista que rehúye en cuanto tal artista el aprendizaje y la autodisciplina,lo hará también en cuanto a hombre, no sabrá cumplir como bueno ni con sus amigos ni con las mujeres, ni con sus hijos ni con la sociedad,sino que,por el contrario, permanecerá siempre apartado,inútil, encenagado en su miseria, con su originalidad tan escrupulosamente guardada; hemos reconocido varios ejemplos de este tipo. El esforzarse afanosamente por lo que ha de aprenderse es en el Arte una tarea tan evidente como en la vida; es preciso inculcar a todo niño la comida y el aseo, la lectura y la escritura; el aprendizaje de lo que debe ser aprendido no es un impedimento, sino un impulso y un enriquecimiento en el desarrollo de la individualidad. Me avergüenzo un poco de hacer constar por escrito estas cosas evidentes, pero hemos llegado todos a tal punto que ninguno de nosotros parece tener ya el instinto de lo evidente y por ello se ejercita un culto primitivo de lo inaudito y lo estrafalario. Como tú sabes bien,yo no soy en Arte un menospreciador de lo nuevo, antes al contrario; pero en lo moral, esto es, en la conducta del hombre con respecto a la tarea propia, me resultan sospechosas las modas y las innovaciones,y me siento lleno de desconfianza cuando escucho hablar a las gentes discretas sobre nuevas morales y éticas, como si se tratase de nuevas modas o estilos en el Arte.
Hay, asimismo, en el mundo de hoy otra exigencia o incitación para el hombre, que se ve propagada por los partidos políticos, las patrias o los maestros de la moral universal. Me refiero a la exigencia de que renuncie el hombre por entero a sí mismo y a la idea de que quizá sea él algo personalísimo e irrepetible, de que se adapte a una Humanidad futura normal o ideal, de que se convierta en una ruedecilla de la inmensa máquina, en una piedrecilla más entre millones de piedrecillas exactamente iguales. Yo no quisiera emitir juicio condenatorio alguno sobre el valor moral de esta exigencia, y reconozco que posee su cara heroica y grandiosa. pero no creo en ella. La unificación, por bienintencionada que sea, es algo que va en contra de la Naturaleza, y no nos conduce a la paz y al gozo, sino al fanatismo y a la guerra. En el fondo, es una exigencia de la vida monacal, y solo puede consentirse cuando se trata de monjes, que han entrado voluntaria y libremente en una Orden. Pero no creo que esta exigencia que la moda impone a los hombres pueda significar un serio peligro para ti.
Veo que mi carta se ha convertido casi en un tratado. Por esta razón voy a hacer que la copien y se la daré a leer a otras personas, en ocasión propicia; creo que no tendrás inconveniente en ello.
Hermann Hesse,cartas.
Abreviando: cuando un hombre siente la necesidad de justificar su vida,no importa la grandeza objetiva,general,de su labor,sino justamente el que haya sabido realizar su esencia y naturaleza,todo cuanto le ha sido dado,tan plena y puramente como le sea posible en su vida y en sus acciones.
Mil diversas tentaciones nos apartan constantemente de esta senda; pero la más fuerte de todas estas tentaciones es esta; que,en el fondo,se desearía ser una persona completamente distinta de la que se és; que se siguen dechados e ideales a los que jamás se podrá alcanzar y que,además,no se deben alcanzar.Esta tentación,por ello mismo,es singularmente fuerte para los hombres de condición superior y mucho mas peligrosa que los vulgares peligros del simple egoísmo,porque tienen la apariencia de lo noble y lo moral.
Todo muchacho ha querido ser,a una determinada edad de su vida,conductor de camión o maquinista de tren,luego cazador o general,más tarde un Goethe o un Don Juan; esto es natural y pertenece al natural desarrollo y evolución de la persona y a la autoeducación,porque la fantasía tantea en cierto modo las posibilidades para el futuro.Pero la vida no cumple estos deseos y los ideales infantiles y juveniles mueren por sí solos. Y, sin embargo,siempre se anhela algo que no le corresponde a uno,y se atormenta a la propia naturaleza con exigencias que la violentan. A todos nos sucede esto.Pero entre medias,en horas de vigilia interior,percibimos una y otra vez que no existe camino alguno que nos saque fuera de nosotros mismos y nos introduzca en otra cosa,que hemos de atravesar la vida con nuestro dones y defectos propios,personales,y entonces suele suceder también que proseguimos nuestra marcha durante un breve trecho,que se nos logra felizmente algo que hasta entonces no habíamos podido conseguir, y que durante un instante nos aprobamos a nosotros mismos sin dudas y podemos sentirnos satisfechos. Esto no dura mucho, claro es; pero, sin embargo, lo más íntimo en nosotros aspira de modo exclusivo a sentirse crecer y madurar por sí mismo. Solo entonces se está en armonía con el mundo, y a cada uno de nosotros le sucede tal cosas raras veces, pero la experiencia es tanto más profunda y significativa.
No debo olvidar que con este recuerdo dedicado a la tarea impuesta de modo irrepetible a cada individuo no me refiero en modo alguno a eso que nuevos y viejos dilettantes del Arte llaman la custodia y la realización de su individualidad y originalidad. Es obvio que un artista cualquiera, si hace del Arte su profesión y el contenido de su existencia, aprende primeramente todo cuanto en técnica del oficio sea posible aprender y no debe en modo alguno pensar que puede prescindir de este aprendizaje para que no se echen a perder su preciosa personalidad y originalidad. El artista que rehúye en cuanto tal artista el aprendizaje y la autodisciplina,lo hará también en cuanto a hombre, no sabrá cumplir como bueno ni con sus amigos ni con las mujeres, ni con sus hijos ni con la sociedad,sino que,por el contrario, permanecerá siempre apartado,inútil, encenagado en su miseria, con su originalidad tan escrupulosamente guardada; hemos reconocido varios ejemplos de este tipo. El esforzarse afanosamente por lo que ha de aprenderse es en el Arte una tarea tan evidente como en la vida; es preciso inculcar a todo niño la comida y el aseo, la lectura y la escritura; el aprendizaje de lo que debe ser aprendido no es un impedimento, sino un impulso y un enriquecimiento en el desarrollo de la individualidad. Me avergüenzo un poco de hacer constar por escrito estas cosas evidentes, pero hemos llegado todos a tal punto que ninguno de nosotros parece tener ya el instinto de lo evidente y por ello se ejercita un culto primitivo de lo inaudito y lo estrafalario. Como tú sabes bien,yo no soy en Arte un menospreciador de lo nuevo, antes al contrario; pero en lo moral, esto es, en la conducta del hombre con respecto a la tarea propia, me resultan sospechosas las modas y las innovaciones,y me siento lleno de desconfianza cuando escucho hablar a las gentes discretas sobre nuevas morales y éticas, como si se tratase de nuevas modas o estilos en el Arte.
Hay, asimismo, en el mundo de hoy otra exigencia o incitación para el hombre, que se ve propagada por los partidos políticos, las patrias o los maestros de la moral universal. Me refiero a la exigencia de que renuncie el hombre por entero a sí mismo y a la idea de que quizá sea él algo personalísimo e irrepetible, de que se adapte a una Humanidad futura normal o ideal, de que se convierta en una ruedecilla de la inmensa máquina, en una piedrecilla más entre millones de piedrecillas exactamente iguales. Yo no quisiera emitir juicio condenatorio alguno sobre el valor moral de esta exigencia, y reconozco que posee su cara heroica y grandiosa. pero no creo en ella. La unificación, por bienintencionada que sea, es algo que va en contra de la Naturaleza, y no nos conduce a la paz y al gozo, sino al fanatismo y a la guerra. En el fondo, es una exigencia de la vida monacal, y solo puede consentirse cuando se trata de monjes, que han entrado voluntaria y libremente en una Orden. Pero no creo que esta exigencia que la moda impone a los hombres pueda significar un serio peligro para ti.
Veo que mi carta se ha convertido casi en un tratado. Por esta razón voy a hacer que la copien y se la daré a leer a otras personas, en ocasión propicia; creo que no tendrás inconveniente en ello.
Hermann Hesse,cartas.