Ya te he hablado una vez de esas dos leyes cósmicas sagradas fundamentales; trataré ahora de explicártelas un poco más detalladamente.
De la primera ley cósmica sagrada original, la ley del Heptaparaparshinoj sagrado, la ciencia objetiva da la fórmula siguiente:
"El flujo de las fuerzas sigue una linea que se quiebra siempre a intervalos regulares y cuyos extremos se encuentran".
La línea según la cual se expresa esa ley cósmica sagrada presenta siete puntos de desviación, o como todavía se dice, siete "centros de gravedad"; y la distancia que separa dos puntos de desviación o "centros de gravedad" se llama "stopinder del Heptaparaparshinoj sagrado".
El proceso completo de esa ley sagrada, que se ejerce sobre todo cuanto existe, desde su aparición, comprende pues siempre siete "stopinderes".
En cuanto a la segunda ley cósmica original, la del Triamazikamno sagrado, la ciencia cósmica objetiva la formula con estas palabras:
"Todo nuevo surgimiento proviene de surgimientos anteriores por el "jarnel-miatznel", es decir, por una fusión cuyo proceso se realiza así: lo que está arriba se une a lo que está abajo, con el fin de realizar por esa unión lo que es mediano, lo cual se convierte a su vez en lo superior para el inferior siguiente, y en lo inferior para el superior precedente".
Ya te he dicho que ese Triamazikamno sagrado comprende tres fuerzas independientes que se llaman:
la primera, "Surb-Otheos",
la segunda, "Surb-Skiros",
la tercera, "Surb-Athanatos".
La ciencia objetiva llama a esas tres fuerzas santas del Triamazikamno sagrado:
la primera, "Fuerza Afirmativa" o "Fuerza de Impulso", o simplemente "Fuerza Más",
la segunda, "Fuerza negativa", o "Fuerza de Resistencia, o simplemente "Fuerza Menos",
y la tercera, "Fuerza Conciliadora", o "Fuerza de Equilibrio", o también "Fuerza Neutralizante".
En este punto de mis explicaciones, relativas a las leyes fundamentales de "creación del mundo" y de "mantenimiento del mundo", es interesante notar que los seres tri-cerebrales del planeta que te agrada tanto habían comenzado, también ellos,en la época en que las consecuencias de las propiedades del órgano kundabúffer no estaban cristalizadas todavía en su presencia general, a tomar conciencia de las tres fuerzas del Triamazikamno sagrado, que llamaban:
la primera, "Dios el Padre",
la segunda, "Dios el Hijo",
la tercera, "Dios el Espíritu Santo".
En diferentes circunstancias, expresaban el significado oculto de esas Fuerzas y para su esperanza de recibir de ellas la acción bienhechora para su propia individualidad, por medio de las súplicas siguientes:
"Fuentes de divinas
"Alegría, rebeliones y sufrimientos,
"Dirigid vuestra acción sobre nosotros.
o bien:
"Santa Afirmación,
"Santa Negación,
"Santa Conciliación,
"Transmútense en mí,
"Para mi Ser.
o también:
"Dios Santo,
"Dios Fuerte,
"Dios Inmortal,
"Ten piedad de nosotros.
G.I.Gurdjieff, Relatos de Belcebú a su nieto, libro segundo.
domingo, 21 de mayo de 2017
martes, 16 de mayo de 2017
Del alma
La mirada de la voluntad es impura y ardiente. El alma de las cosas, la belleza, sólo se nos revela cuando no codiciamos nada, cuando nuestra mirada es pura contemplación. Si miro un bosque que pretendo comprar, arrendar, talar, usar como coto de caza o gravar con una hipoteca, no es el bosque lo que veo, sino solamente su relación con mi voluntad, con mis planes y preocupaciones, con mi bolsillo. En ese caso el bosque es madera, es joven o viejo, está sano o enfermo. Por el contrario, si no quiero nada de él, contemplo su verde espesura con "la mente en blanco", y entonces sí que es un bosque, naturaleza y vegetación; y hermoso.
Lo mismo ocurre con los hombres y sus semblantes. El hombre al que contemplo con temor, con esperanza, con codicia, con propósitos, con exigencias, no es un hombre, es sólo un turbio reflejo de mi voluntad. Le miro, consciente o inconscientemente, con sonoras preguntas que le disminuyen y falsean. ¿Es accesible, o es orgulloso? ¿Me respeta? ¿Puedo influir en él? ¿Sabe algo de arte? Los hombres con quienes tratamos, los vemos a través de mil preguntas semejantes a estas y creemos conocer al ser humano y ser buenos psicólogos cuando conseguimos descubrir en su aspecto, en su actitud y en su conducta aquello que sirve o perjudica a nuestros propósitos. Pero esta convicción carece de valor, y el campesino, el buhonero o el abogado de oficio son superiores, en esta clase de psicología, a la mayor parte de políticos o científicos.
En el momento en que la voluntad descansa y surge la contemplación, el simple ver y entregarse, todo cambia. El hombre deja de ser útil o peligroso, interesante o aburrido, amable o grosero, fuerte o débil. Se convierte en naturaleza; es hermoso y notable como todas las cosas sobre las que se detiene la contemplación pura. Porque contemplación no es examen o crítica, sólo es amor. Es el estado más alto y deseable de nuestra alma: el amor desinteresado.
Hermann Hesse, Mi credo.
Lo mismo ocurre con los hombres y sus semblantes. El hombre al que contemplo con temor, con esperanza, con codicia, con propósitos, con exigencias, no es un hombre, es sólo un turbio reflejo de mi voluntad. Le miro, consciente o inconscientemente, con sonoras preguntas que le disminuyen y falsean. ¿Es accesible, o es orgulloso? ¿Me respeta? ¿Puedo influir en él? ¿Sabe algo de arte? Los hombres con quienes tratamos, los vemos a través de mil preguntas semejantes a estas y creemos conocer al ser humano y ser buenos psicólogos cuando conseguimos descubrir en su aspecto, en su actitud y en su conducta aquello que sirve o perjudica a nuestros propósitos. Pero esta convicción carece de valor, y el campesino, el buhonero o el abogado de oficio son superiores, en esta clase de psicología, a la mayor parte de políticos o científicos.
En el momento en que la voluntad descansa y surge la contemplación, el simple ver y entregarse, todo cambia. El hombre deja de ser útil o peligroso, interesante o aburrido, amable o grosero, fuerte o débil. Se convierte en naturaleza; es hermoso y notable como todas las cosas sobre las que se detiene la contemplación pura. Porque contemplación no es examen o crítica, sólo es amor. Es el estado más alto y deseable de nuestra alma: el amor desinteresado.
Hermann Hesse, Mi credo.
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