viernes, 22 de noviembre de 2019

Una hoja de hierba

Una hoja de hierba
Creo que una hoja de hierba, no es menos
que el día de trabajo de las estrellas,
y que una hormiga es perfecta,
y un grano de arena,
y el huevo del régulo,
son igualmente perfectos,
y que la rana es una obra maestra,
digna de los señalados,
y que la zarzamora podría adornar,
los salones del paraíso,
y que la articulación más pequeña de mi mano,
avergüenza a las máquinas,
y que la vaca que pasta, con su cabeza gacha,
supera todas las estatuas,
y que un ratón es milagro suficiente,
como para hacer dudar,
a seis trillones de infieles.
Descubro que en mí,
se incorporaron, el gneiss y el carbón,
el musgo de largos filamentos, frutas, granos y raíces.
Que estoy estucado totalmente
con los cuadrúpedos y los pájaros,
que hubo motivos para lo que he dejado allá lejos
y que puedo hacerlo volver atrás,
y hacia mí, cuando quiera.
Es vano acelerar la vergüenza,
es vano que las plutónicas rocas,
me envíen su calor al acercarme,
es vano que el mastodonte se retrase,
y se oculte detrás del polvo de sus huesos,
es vano que se alejen los objetos muchas leguas
y asuman formas multitudinales,
es vano que el océano esculpa calaveras
y se oculten en ellas los monstruos marinos,
es vano que el aguilucho
use de morada el cielo,
es vano que la serpiente se deslice
entre lianas y troncos,
es vano que el reno huya
refugiándose en lo recóndito del bosque,
es vano que las morsas se dirijan al norte
al Labrador.
Yo les sigo velozmente, yo asciendo hasta el nido
en la fisura del peñasco.
Walt Whitman.

domingo, 14 de julio de 2019

Viaje a la luna

Y por las tardes hacía pagar ante su puerta un  cierto precio a las gentes que querían verme. Esto hasta que el Cielo, herido por mis dolores y disgustado de ver profanar el templo de su dueño, quiso un día, estando yo atado al extremo de una cuerda, con la cual el charlatán me hacía saltar para divertir a las gentes, oyese yo la voz de un hombre que en lengua griega me preguntaba quién era. Mucho me extrañé al oír hablar en este país como en el mundo mío. Estuvo algún tiempo preguntándome, yo le contesté contándole totalmente mi empresa y el éxito de mi viaje. Él me consoló diciéndome esto que todavía recuerdo:
-Pues bien, hijo mío, por fin halláis el castigo de las debilidades de nuestro planeta. Aquí, como allí, hay espíritus vulgares que no pueden sufrir que se piensen cosas no acostumbradas; pero sabed que se os da un trato recíproco, porque si algún visitante de esta tierra hubiese descendido hacia la vuestra y hubiera tenido el atrevimiento de llamarse hombre, vuestros sabios le hubiesen ahogado como a un monstruo.
Seguidamente me prometió que informaría a la corte de mi desastre, y añadió que tan pronto habían llegado a él las noticias que acerca de mí corrían había venido para verme y me había reconocido como un hombre del mundo del que, según yo decía, era habitante. Porque en otro tiempo había él viajado y había permanecido en Grecia, donde era conocido por el nombre del Demonio de Sócrates. Me dijo también que al morir este filósofo él había cuidado e instruido a Epaminondas, en Tebas; que después, habiendo a tierra de romanos, la justicia le había ligado al partido del joven Catón; que al morir este había pasado al de Bruto, y que, como estos personajes no habían dejado en este mundo sino el fantasma de sus virtudes, él determinó retirarse con sus compañeros a los templos y a las soledades.
-Finalmente-añadió-, el pueblo de vuestra tierra se volvió tan estúpido y tan grosero, que mis compañeros y yo perdimos todo el placer que antes habíamos sentido instruyéndolo. Seguramente habéis oído hablar de nosotros, pues la gente nos llamaba Oráculos, Ninfas, Genios, Fes, Dioses de fuego, Vampiros, Duendes, Náyades, Íncubos, Sombras, Manes, Espectros y Fantasmas; y nosotros abandonamos vuestro mundo bajo el reinado de Augusto, un poco después de que yo me apareciese a Drusus, hijo de Livia, que hacía la guerra a Alemania, y le prohibiese adentrarse en esta guerra. No hace mucho que he ido allá por segunda vez. Hace cien años tuve el encargo de hacer un viaje. Anduve mucho por Europa y hablé con personas que acaso habréis conocido. Un día, entre otros, me aparecí a Cardán cuando estaba estudiando. Le ilustré acerca de muchas cosas, y en recompensa creo que me prometió que haría constar de quién había sacado los milagros que iba a ocuparse en escribir. Vi a Cornelio Agrippa, al abate Tritheim, al doctor Fausto, a la Brosse, a César y a una cierta colección de gentes jóvenes que el vulgo ha conocido con el nombre de Caballeros de la Roja Cruz, a los cuales yo enseñé muchas sutilezas y secretos naturales que sin duda les habrán hecho pasar por grandes magos.
"Conocí también a Campanella; fui yo quien le aconsejé, cuando estuvo bajo la Inquisición de Roma, para que acomodara el gesto de su cara y las posturas de su cuerpo a los que ordinariamente tenían aquellos cuyo interior necesitaba él conocer; y eso se lo aconsejaba para que de este modo llegase él a tener los pensamientos que esta misma situación había provocado en sus adversarios; porque mejor adiestraría él su arma cuando conociera la de sus adversarios. También comenzó a mi ruego un libro que nosotros titulamos de Sensu rerum. En Francia frecuenté la amistad de La Mothe, Le Vayer y de Gassendi; este último es tan filósofo escribiendo como el primero lo es viviendo. He conocido a muchos más que vuestro siglo considera divinos, pero no he encontrado en ellos más que mucho orgullo y mucha palabrería. Últimamente, yendo desde vuestro país hacia Inglaterra para estudiar las costumbres de sus habitantes, encontré a un hombre que era la vergüenza de su pueblo, porque ciertamente era una vergüenza para los grandes de este Estado el no adorarle reconociéndole la virtud de cuyo trono es él monarca. Para abreviar su panegírico os diré tan sólo que en él todo es espíritu y todo corazón, y que tiene todas esas cualidades que, con sólo poseer una, era suficiente en otro tiempo para ser proclamado un héroe: era Tristán el Eremita. Sinceramente os confieso que cuando vi tan alta virtud me lastimó que no fuese reconocida; por esto quise hacerle aceptar tres frascos: uno, lleno de aceite de talco; otro, de pólvora de proyectil, y el último, de oro potable; pero él los rechazó con un desdén tan generoso como el que Diógenes demostró al recibir las cortesías de Alejandro. En fin, nada puedo añadir al elogio de este grande sino es el deciros que es el único poeta, el único filósofo y el único hombre libre que tenéis en la tierra. Estas son las personas de fama que yo he tratado; las demás, por lo menos las que yo he conocido, están tan por debajo del hombre, que creo que algunas bestias están por encima de ellos.
"Por lo demás , yo no pertenezco a la Tierra ni a la Luna: he nacido en el Sol; pero como nuestro mundo algunas veces está demasiado poblado, porque la vida de sus habitantes es muy larga y casi nunca hay en él guerras ni enfermedades, de vez en cuando nuestros magistrados envían a algunas colonias nuestras hacia los mundos de alrededor. A mí se me encargó que fuera al vuestro como jefe de las gentes que conmigo venían. Después he pasado a este mundo por las razones que os he declarado, y el motivo de que permanezca en él todavía es que sus habitantes son muy amantes de la verdad; que no hay pedantes; que los filósofos no se dejan convencer más que por la razón, y que ni la opinión de un sabio ni de la mayoría prevalecen sobre la opinión de un labrador cuando éste razona con tanto tino como ellos. Así que, en este país, sólo tienen por insensatos a los sofistas y a los oradores."
Yo le pregunté cuánto tiempo vivían estos seres; él me contestó que tres o cuatro mil años, y prosiguió su plática de esta manera:
-Aunque los habitantes del Sol no son más numerosos que los de este mundo, frecuentemente semeja estar rebosante, porque el pueblo posee un temperamento muy ardiente, es revoltoso y ambicioso y digiere mucho. Esto no debe pareceros cosa de maravillar; porque aunque nuestro planeta es muy grande y el vuestro muy pequeño, y aunque nosotros solemos morir a los cuatro mil años y vosotros al medio siglo, sabed que así como no hay tantas piedras como tierra, ni tantas plantas como piedras, ni tantos animales como plantas, ni tantos hombres como animales, de la misma manera debe haber menos demonios que hombres, porque así lo ordenan las dificultades que existen para la generación de un compuesto perfecto.
Yo le pregunté si ellos eran cuerpos iguales a nosotros; él me respondió que sí, que eran cuerpos, pero no como nosotros, ni como ninguna de las cosas que nosotros consideramos cuerpos. Porque vulgarmente nosotros no llamamos de este modo sino aquello que podemos tocar; me dijo también que, por lo demás, todo cuanto existía en la Naturaleza era cosa material, y que aunque ellos mismos lo fuesen, cuando querían hacerse ver de nosotros estaban obligados a tomar la apariencia de los cuerpos que nuestros sentidos son capaces de conocer; que esto era lo que a muchas gentes había hecho pensar que las historias que de ellos se contaban eran tan sólo efectos de sueños de extraviados, porque ellos no se aparecían sino de noche; y añadió que, como se veían obligados a hacerse ellos mismos el cuerpo del cual con toda prisa habían de servirse, no tenían con frecuencia tiempo para formarlo convenientemente y lo escogían ateniéndose a un sentido que bien podía ser el oído, como las voces de los oráculos; bien la vista, como los fuegos fatuos y los espectros, o el tacto, como los íncubos; y que no siendo esta masa más que aire, el cual adoptaba al espesarse esta u otra forma, la luz, por efecto de su calor, los destruía como se ve que destruye una niebla dilatándola.
Tan extrañas cosas me contaba, que a mí me despertaron la curiosidad y el deseo de preguntarle por su nacimiento para saber si en el país del Sol el individuo salía a la luz del día por vías de generación y moría por algún desorden de su temperamento o ruptura de sus órganos.
-Hay muy poca relación -me dijo él- entre vuestros sentidos y la explicación de estos misterios. Vosotros pensáis que lo que no podéis comprender pertenece al dominio de lo espiritual, o no pertenece a ninguno; pero éste es un falso pensar y prueba que en el Universo hay por lo menos un millón de cosas que, para ser de vosotros conocidas, necesitarían presentar ante vosotros un millón de órganos distintos. Yo, por ejemplo, sé y conozco por mis sentidos la simpatía que existe entre el imán y el polvo, y sé a qué es debido el reflujo del mar, y sé también en qué se convierte el animal después de su muerte; vosotros los hombres, en cambio, no sabríais dar a estas altas razones otra que la de vuestra fe, porque os falta la comprensión de estos milagros, del mismo modo que un ciego no podría imaginar qué es la belleza de un paisaje, el color de un cuadro o los matices del arco iris, bien pudiera ser que los imaginase como algo palpable, como comida, como sonido o como olor. Del mismo modo, si quisiera yo explicaros todo lo que yo percibo con los sentidos que a vos os faltan, os lo representaríais con los vuestros como algo que puede ser oído, visto, tocado, olido o saboreado, y no sería,sin embargo, nada de eso.

Savinien de Cyrano de Bergerac.

domingo, 7 de abril de 2019

El recuerdo de sí

No es fácil hablar del recuerdo de sí porque, en su expresión más elevada, no es un proceso verbal. El recuerdo de sí es una idea que, en realidad, no había salido a la luz con su propio nombre sino hasta el siglo veinte. Todos nos hemos recordado a nosotros mismos antes de encontrar el sistema, pero no sabíamos cómo llamarlo y, lo que es más importante, no lo valorábamos. Cuando uno está recordándose a sí mismo está creando su sí mismo, es decir, su cuerpo astral. Nuestras vidas se componen de muchos momentos normales y corrientes, así como de muchos milagros normales y corrientes. Gran parte del recuerdo de sí consiste en reconocer lo sublime en lo común. Debemos acordarnos de apreciar la naturaleza simple y discreta del recuerdo de sí. Es lo opuesto de la vida, que clama por nuestra atención indivisa. Ouspensky decía que solos no podemos conocer nuestra situación, que alguien debe enseñarnos. Alguien debe ayudarnos a comprender que el significado oculto de la vida sobre la Tierra es crear un alma a través del infatigable proceso del recuerdo de sí. También decía que debemos darnos cuenta de que hemos descubierto el punto débil en las paredes de nuestra mecanicidad, el «talón de Aquiles» de la máquina. La idea principal del sistema es el recuerdo de sí, una idea completamente ignorada por la psicología occidental. Dentro de la cultura occidental, tan sólo en la literatura podemos encontrar el concepto de penetrar el presente. Una de las mejores formas de trabajar con el recuerdo de sí es eliminar todo lo que no sea recuerdo de sí. Paradójicamente, hay que recordarse a sí mismo para lograrlo. Tampoco debemos buscar una sola definición del recuerdo de sí, porque es muchas cosas. El recuerdo de sí ha tenido muchos nombres bellos a través de los siglos. William Shakespeare dijo: «La rosa, con cualquier otro nombre, tendría el mismo aroma». A lo largo de la historia han existido muchos hombres inmortales que no conocieron la expresión «recuerdo de sí». Nos hemos involucrado en algo agradable y desagradable a la vez. Separarnos de estas dos experiencias y no entregarnos a ellas nos da la vida. El recuerdo de sí es la única actividad en la Tierra que no es biológica. No podemos comprender el recuerdo de sí en media hora, ni podemos describir en un día lo que trae consigo. El recuerdo de sí es el gran misterio de la vida orgánica sobre la Tierra; no podemos esperar que la sabiduría objetiva, oculta durante siglos, sea fácilmente comprensible. El recuerdo de sí es una labor de dieciocho horas al día. Debemos trabajar con un obstáculo en cada hora: si no es con la no-existencia o con el poder, será con la imaginación, con la consideración interna o con la identificación. Nada sustituye el recuerdo de sí, y esto es una noticia difícil, pero también buena. El centro intelectual comparte sus experiencias hablando de ellas, porque el lenguaje es su único medio de comunicación. Y así, debemos usar palabras para penetrar un estado divino sin palabras. Ouspensky nos advierte que el recuerdo de sí no es una actividad mental y que el conocimiento no puede sustituir el recuerdo de sí. La función correcta del centro intelectual es describir y clasificar los fenómenos; aunque las descripciones que hacemos de los objetos no son los objetos en sí mismos. Cuando esta actividad obstaculiza el recuerdo de sí, es trabajo incorrecto.(...) Harriet Beecher Stowe aconsejaba a la gente detener el pensamiento y contentarse con ser, en verdad, percibir las impresiones que nos rodean puede ser ya bastante milagroso. La mente formatoria trata de reducir un tema a una definición absoluta. Desea definir el recuerdo de sí como si los centros superiores fueran una experiencia limitada. Pero el recuerdo de sí comprende muchos aspectos. Saborea el vino, mira las flores, escucha la música. Resulta extraño que esté siempre muy cerca, aunque tome muchas formas variadas. Es la consideración externa, la no identificación, la no expresión de emociones negativas, el sufrimiento voluntario y, sobre todo, la transformación del sufrimiento. Cada una de estas experiencias es un matiz del recuerdo de sí. El sí mismo también puede ser evocado en momentos de peligro o en medio de una gran belleza. Una forma de descubrir el recuerdo de sí es descubrir lo que no lo es. Mediante un proceso similar puedes verificar tu rasgo principal, tipo de cuerpo o centro de gravedad. Si eliminas algunas de las variantes, te quedarán menos por examinar. Ornar Khayyam dijo: «Una cosa es cierta...; el resto, mentira». El recuerdo de sí es la verdad eterna que, con habilidad, afronta la mentira eterna. Ouspensky observó que estamos acostumbrados a la irrealidad. Gurdjieff tituló su último libro La vida es real sólo cuando «yo soy». Tanto para él como para nosotros, esto quiere decir que la vida es real sólo cuando uno se recuerda a sí mismo. El recuerdo de sí carece de impulso; hay que hacer esfuerzos momento a momento. Cuando aparezca el tercer estado, experiméntalo en lugar de, simplemente, hablar de él. Es el sí mismo que hay en ti, tu alma: la «Canción sin palabras» de Mendelssohn. No puedes escapar hablando, ni escapar comiendo, ni riendo, ni llorando, pero sí puedes escapar recordándote. Recuérdate a ti mismo un poco cada vez. Si estás recordándote a ti mismo y los demás no lo notan, estás recordándote bien. Si la falsa personalidad actúa como si estuvieras recordándote a ti mismo, estás rebajándote. Generalmente, la naturaleza humana no ve lo evidente; por eso muchas veces las verdades esotéricas se han presentado como cuentos de hadas. Con frecuencia, los cuentos de hadas empiezan con la frase «había una vez», para indicar que la historia se desenvuelve en el tiempo; y finalizan con el príncipe y la princesa (mundo 6 y mundo 12) que viven «felices para siempre», es decir, en la eternidad: la inmortalidad. El desarrollo del nivel de ser es proporcional a la madurez del rey de corazones. El recuerdo de sí debe originarse en el rey de corazones, porque no podemos confiar en los accidentes para crear consciencia. Cada uno de nosotros necesita toda la ayuda que pueda recibir, ya sea de sus propios esfuerzos, ya sea de la ley de accidente o de la Influencia C. Dante Alighieri decía que podemos avivar la chispa divina que se nos ha dado hasta convertirla en una llama. El método es el recuerdo de sí; sin embargo, no hay nada más evasivo que el recuerdo de sí, y debemos, a nuestra endeble manera, regresar a él cuando podamos. Un estado neutral no es una condición vegetativa sino un estado de desapego que repele la imaginación: es un estado de recuerdo de sí. Los momentos que recordamos con mayor viveza son los momentos de recuerdo de sí. Aun así, el recuerdo de sí tiene grados: cuando viajas por el extranjero, puedes estar presente a cientos de árboles, sin recordar la mayoría de ellos. Donde hay memoria, donde hay atención dividida, está el sí mismo que hay en ti.

Richard Earl Burton

sábado, 19 de enero de 2019

El Superhombre

Todos estos ejemplos de hombres que rompen con los ritos de la iniciación en los Misterios, o de los magos que invocan espíritus más poderosos que ellos, representan igualmente, en una forma alegórica, la posición de un hombre en relación con ideas nuevas que son demasiado poderosas para él y que él no puede manejar porque no tiene la preparación qué se necesita. La misma idea se expresa en las leyendas y cuentos del fuego sagrado que devoraba a los iniciados que imprudentemente se acercaban a él, y en los mitos de dioses y diosas a quienes no estaba permitido ver a los mortales, que perecían si se atrevían a verlos. La luz de ciertas ideas es demasiado fuerte para los ojos de los hombres, especialmente cuando éstos la ven por primera vez. Moisés no pudo mirar la zarza que ardía; en el Monte Sinaí no pudo ver la faz de Dios. Todas estas alegorías expresan el mismo pensamiento, el del terrible poder y el peligro de las ideas nuevas que aparecen inesperadamente. El enigma de la Esfinge expresa la misma idea. La Esfinge devoraba a aquellos que se le acercaban y no podían resolver el enigma. La alegoría de la Esfinge significa que hay cuestiones de cierta clase que el hombre no debe plantearse a menos que sepa cómo resolverlas. Una vez que el hombre se ha puesto en contacto con ciertas ideas no puede vivir en adelante como hasta ese momento lo ha hecho; debe, o bien seguir el curso que ha principiado, o perecer bajo un cargo demasiado pesada para él. La idea del superhombre está íntimamente conectada con el problema del tiempo y de la eternidad, con el Enigma de la Esfinge. En esto estriban su atracción y su peligro; ésta es la razón de por qué este problema afecta tan poderosamente el alma de los hombres.
Como antes hemos dicho, la moderna Psicología no se da cuenta del inmenso peligro de ciertos temas, ideas y cuestiones. Aun en la filosofía primitiva, en que los hombres dividían a las ideas en divinas y humanas, se entendía mejor la existencia de diferentes órdenes de ideas. El pensamiento moderno no acepta esto de ninguna manera. Las modernas Psicología y Teoría del Conocimiento no enseñan a los hombres a diferenciar los distintos órdenes de ideas, ni les enseñan que algunas ideas son muy peligrosas y que no es posible acercarse a ellas sin antes haber pasado por una larga y complicada preparación. Sucede esto porque la Psicología moderna no toma generalmente en consideración la realidad de las ideas, porque no entiende esta realidad. Para la mente moderna las ideas son abstracciones de los hechos; ante nuestros ojos las ideas no tienen existencia propia. Esta es la razón por la que lastimamos nuestra vista cuando nos acercamos a ciertas ideas. Para nosotros “los hechos”, que no existen, son reales, y las ideas, que son lo único que existe, son irreales. La Psicología antigua y la medieval entendieron mejor la posición de la mente humana en relación con las ideas. Comprendían que la mente no podía tratar con las ideas en una forma correcta en tanto que la realidad de ellas no le fuera clara. Y aún más, la antigua Psicología entendía que la mente no podía recibir ideas de diferentes clases simultáneamente o no obedeciendo al orden debido, es decir, que no podía pasar, sin la debida preparación, de las ideas de un orden a las ideas de otro orden diferente. Comprendía el peligro de este procedimiento irregular y desordenado de tratar con las ideas. Y ante esto, se plantea la siguiente cuestión: ¿en qué debe consistir la preparación? ¿De qué hablan las alegorías de los Misterios y de los ritos mágicos? En primer lugar, estas alegorías hablan de la necesidad de un conocimiento adecuado para cada clase de ideas, porque hay cosas a las que no es posible acercarse sin tener un conocimiento previo. En otros terrenos comprendemos esto perfectamente. Es imposible, sin un conocimiento adecuado, manejar una máquina complicada; es imposible sin tener conocimientos y práctica suficientes manejar una máquina de ferrocarril; es imposible sin conocer todos los detalles tocar las distintas partes de una máquina eléctrica de alta potencia. A una persona se le enseña una máquina eléctrica; se le explican sus partes, y se le dice: “Si tocas ésta o aquélla parte, mueres”. Y todo el mundo entiende esto y se convence de que para conocer la máquina es necesario aprender muchas cosas y durante mucho tiempo. Y todo el mundo se convence también de que para conocer máquinas de distintas clases es necesario obtener conocimientos diferentes, y de que el hecho de haber aprendido cómo manejar una máquina no significa que se puedan manejar todas las clases de máquinas. Una idea es una máquina de inmenso poder. Pero es esto exactamente lo que el pensamiento moderno no comprende. Cada idea es una máquina muy complicada y delicada. Para poder saber cómo manejarla, es necesario en primer lugar poseer una gran cantidad de conocimientos teóricos y, además de esto, tener mucha experiencia y haber tenido suficiente entrenamiento práctico. Un modo torpe de manejar una idea puede producir la explosión de la idea; el fuego se inicia, la idea arde y consume todo lo que se encuentra en su derredor. Para el pensamiento moderno, todo el peligro consiste en un razonamiento equivocado, y no va más allá. En realidad, sin embargo, todo el problema no termina aquí. Un error en el razonamiento conduce a toda una serie de errores. Y algunas ideas son tan poderosas, contienen tal cantidad de energía oculta, que tanto una deducción correcta como una deducción errónea que se obtenga de ellas, producirá inevitablemente resultados enormes. Hay ideas que llegan a las más recónditas regiones del alma de los hombres y que, una vez que las han asimilado, dejan una huella imperecedera. Más aún, si la idea es tomada equivocadamente, deja una huella equivocada, desvía al hombre de su camino y envenena su vida. Una idea mal comprendida del superhombre actúa precisamente de este modo. Aleja al hombre de la vida, siembra la discordia en su alma y, no dándole nada, le quita en cambio todo lo que tenía.
Y esto no puede atribuirse a la idea misma, sino a la forma equivocada de acercarse a ella. ¿En qué debe consistir, por lo tanto, una forma correcta de acercarse a la idea? Como la idea del superhombre tiene puntos de contacto con el problema del tiempo y con la idea del infinito, no es posible tocar la idea del superhombre sin haber dilucidado los medios de acercarse al problema del tiempo y a la idea del infinito. El problema del tiempo y la idea del infinito contienen las leyes de la acción de la máquina. Si el hombre no conoce estas leyes no puede saber cuál será el efecto que se producirá si mueve una palanca u otra de la máquina. El problema del tiempo es el enigma más grande con el que la humanidad ha tenido que enfrentarse. La revelación religiosa, el pensamiento filosófico, la investigación científica y el conocimiento oculto, todos convergen en un punto, esto es, en el problema del tiempo, y todos llegan a una misma idea de él. ¡El tiempo no existe! No existen la aparición y la desaparición perpetuas y eternas de los fenómenos, no existe la fuente de la que manan sin cesar los hechos que suceden y desaparecen. ¡Todo existe siempre! Sólo hay un eterno presente, el Eterno Ahora, que la raquítica y limitada mente humana no puede ni entender ni concebir. Pero la idea del Eterno Ahora no es de ningún modo la idea de una fría y despiadada predeterminación de todo, de una exacta e infalible pre-existencia. Seria falso decir que si todo existe ya, que si el remoto futuro existe ahora, que si nuestras acciones, pensamientos y sentimientos han existido por decenas, por cientos y por miles de años y continuarán existiendo para siempre, esto significa que no hay vida, que no hay movimiento, que no hay crecimiento, que no hay evolución. Los hombres dicen y piensan esto porque no comprenden el infinito y quieren medir las inconmensurables profundidades de la eternidad con sus raquíticas y limitadas mentes finitas. Y por: supuesto que estarán condenados a llegar a las más inauditas de todas las soluciones posibles del problema. Todo es, nada puede cambiar, todo existe de antemano y eternamente. Todo se encuentra muerto e inalterable en formas congeladas entre las que camina nuestra conciencia, que ha creado para si misma la ilusión de que todo se mueve a su alrededor, que ha creado un movimiento que en realidad no existe. Pero hasta un modo de pensar tan raquítico y relativo de la idea del infinito como la que tiene la limitada inteligencia humana, con tal de que se desenvuelva dentro de los lineamientos apropiados, basta para destruir “este sombrío fantasma de la inmovilidad irremediable”. El mundo es un mundo de infinitas posibilidades. Nuestra mente sigue el desarrollo de las posibilidades siempre en una sola dirección. Pero en realidad todo momento tiene un gran número de posibilidades. Y todas ellas se realizan, sólo que nosotros no lo vemos y no lo sabemos. Nosotros siempre vemos solamente una de las realizaciones, y en esto estriba la pobreza y limitación de la mente humana. Pero si tratamos de imaginamos la realización de todas las posibilidades del momento presente, luego del momento siguiente, y así sucesivamente, sentiremos que el mundo crece infinitamente, se multiplica sin cesar y se hace inmensamente rico y completamente diferente del mundo plano y limitado que hasta este momento nos habíamos representado. Habiéndonos imaginado esta infinita variedad sentiremos una “impresión” del infinito por un momento y comprenderemos lo inadecuado e imposible que es acercarse al problema del tiempo con medidas terrestres. Comprenderemos toda la infinita riqueza de tiempo en todas direcciones que es necesaria para la realización de todas las posibilidades que aparecen a cada momento. Y comprenderemos que la misma idea de que aparezcan y desaparezcan posibilidades es originada por la mente humana, porque de otro modo estallaría y perecería al más pequeño contacto con la realización infinita. Al mismo tiempo que lo anterior nos daremos cuenta de la irrealidad de todas nuestras deducciones pesimistas en comparación con la inmensidad de los horizontes descubiertos. Veremos que el mundo es tan ilimitadamente grande que la sola idea de que pudiera tener límites, el solo pensamiento de que hubiera algo que no estuviera contenido en él, nos parecería ridículo. ¿En dónde, entonces, debemos buscar una verdadera comprensión del “tiempo” y del “infinito”? ¿En dónde debemos buscar esta extensión infinita en todas direcciones y en todo momento? ¿Qué caminos nos conducen a ella? ¿Qué caminos nos conducen al futuro que existe ahora? ¿Dónde podremos encontrar los métodos adecuados para tratar el problema? ¿Dónde podremos encontrar los métodos adecuados para tratar con la idea del superhombre? Todas éstas son preguntas a las que el pensamiento moderno no da ninguna respuesta. Y sin embargo el pensamiento humano no siempre se ha mostrado tan impotente ante estos problemas. Han existido y hay actualmente otros intentos de resolver los enigmas de la vida. La idea del superhombre pertenece al “círculo interior”. Las antiguas religiones y mitos siempre representaban en la imagen del superhombre el “yo” superior del hombre, la conciencia superior del hombre. Este “yo” superior, o conciencia superior, era representado siempre como un ser casi separado del hombre ordinario pero, en cierto sentido, viviendo dentro del hombre.

Piotr  Demianovich Ouspensky. Un nuevo modelo del universo.

viernes, 11 de enero de 2019

Discurso preliminar de Zaratustra

Tenía Zaratustra treinta años cuando dejó su patria y el lago de su patria y se marchó a las montañas. Gozó allí de su espíritu y de su soledad, y durante diez años no se cansó de hacerlo. Finalmente, su corazón se transformó, y un día se levantó al amanecer, se encaró con el sol y le dijo:
"¡Oh, gran astro! ¿Crees que serías feliz si no tuvieras a alguien a quien iluminar? Hace diez años que subes a mi cueva; si no fuera por mí, por mi águila y por mi serpiente ya te habrías cansado de tu luz y de tu camino. Pero nosotros te esperábamos todas las mañanas, te aligerábamos de lo que a ti te sobra y te bendecíamos por ello. Quiero que sepas que estoy harto de mi sabiduría, como la abeja que ha almacenado demasiada miel, y que necesito manos que me pidan. Quisiera dar y repartir hasta que los sabios que haya entre los hombres vuelvan a alegrarse de su locura, y los pobres, de su riqueza. Para eso he de descender a las profundidades, como haces tú al oscurecer, cuando te hundes por detrás del mar, para llevar tu luz incluso a lo que está más abajo del mundo, ¡astro desbordante de riqueza! Al igual que tú, he de hundirme en mi ocaso, como dirían los hombres a quienes quiero descender. ¡Bendíceme, pues, ojo impasible, capaz de contemplar sin envidia incluso una felicidad excesiva! ¡Bendice esta copa ansiosa de desbordarse y de derramar su dorada agua para que lleve por doquier el resplandor de tus delicias! ¡Mira esta copa que anhela volver a vaciarse; mira a Zaratustra, que quiere volver a ser hombre.
Así empezó al ocaso de Zaratustra.

Friedrich Nietzsche. Así habló Zaratustra.

miércoles, 26 de diciembre de 2018

Pensamientos y meditaciones

Fuera de la Tierra

Colérica y violentamente la tierra sale de la tierra
Y graciosa y majestuosamente la tierra camina sobre la tierra.
La tierra construye palacios con la tierra y erige torres y templos.
Y la tierra en la tierra urde leyendas, doctrinas y leyes.
La tierra, entonces, se cansa de las acciones de la tierra
Y se corona con su aureola, sueños y fantasías.
Y el sueño de la tierra seduce a los ojos de la tierra,
Que descansan largamente.
Y la tierra llama a la tierra:
"Soy el útero y el sepulcro
Y seré útero y sepulcro
Hasta que los planetas ya no existan
Y el sol se diluya en cenizas".
Khalil Gibran

Pensamientos y meditaciones

El señor charlatán

Estoy aburrido de los charlatanes y de su cháchara. Mi alma los odia.
Cuando a la mañana me levanto y examino las cartas y revistas que hay al lado de mi cama, las encuentro llenas de cháchara, y todo lo que veo es charla perdida, vacía de significado, pero henchida de hipocresía.
Cuando me siento a la ventana para desprender el velo de sueño que me cubre los ojos y tomar un café turco, delante de mí se aparece el señor Charlatán saltando, gritando y rezongando y condesciende  a beber mi café y a fumar mis cigarrillos.
Cuando voy a trabajar, el señor Charlatán me sigue, cuchicheándome al oído y repiqueteando en mi delicado cerebro. Cuando intento desembarazarme de él, pronto vuelve a inundarlo todo con la corriente de su charla sin sentido.
Cuando voy al mercado, el señor Charlatán se detiene a la puerta de cada comercio y dictamina sobre la gente. Lo veo hasta en las caras de los que están callados, porque a ellos también los acompaña. Y, aunque los perturba, ellos no son conscientes de su presencia.
Si me siento con un amigo, el señor Charlatán se incorpora al grupo, aunque no haya sido invitado. Si lo eludo, se las arregla para quedarse cerca, de modo que el eco de su voz me irrita y revuelve mi estómago como el hedor de la carne podrida.
Cuando visito los tribunales y las instituciones de enseñanza lo encuentro en compañía de su padre y su madre, adornando la Falsedad con ropajes de seda y la Hipocresía con un magnífico manto y un hermoso turbante.
Cuando voy a una fábrica. para mi gran sorpresa, allí también encuentro al señor Charlatán, a su madre, al tío y al abuelo, charlando y moviendo sus gruesos labios. Sus parientes lo aplauden y se ríen de mí.
Si visito templos y otros lugares de culto lo encuentro sentado en un trono, con la cabeza coronada y un cetro refulgente en su mano.
Y cuando vuelvo a mi hogar, al caer la tarde, también lo encuentro en él: se desliza del cielorraso como una culebra o repta como una boa por todos los rincones de la casa.
En resumen, el señor Charlatán está en todas partes, en el cielo y más allá de él, en la tierra o debajo de ella, en las alas del éter o sobre las olas del mar, en bosques y cavernas, en la cima de las montañas.
¿Dónde puede hallar descanso quien ama el silencio?
¿Acaso Dios premiará alguna vez mi alma y me otorgará la gracia de la sordera para que pueda vivir en el paraíso del Silencio?
¿Hay en este universo un rincón al que pueda ir y vivir felizmente por mí mismo?
¿Hay algún lugar donde no exista el tráfico de la conversación vacía?
¿Hay alguien en el mundo que no se auto adore cuando habla?
¿Hay alguna persona cuya boca no sea un refugio en el que se oculta el travieso señor Charlatán?

Khalil Gibran.