El mundo astronómico que observamos desde nuestro planeta se nos aparece así porque vemos el cuerpo del Universo desde el interior. Y no lo captamos en su conjunto, porque nuestras observaciones están hechas en nuestra propia escala, y esta, en relación al conjunto, es infinitesimal. Lo que nos confunde son las distancias entre los astros, hogares de materia viviente, parcelas del organismo universal. Vistas bajo una perspectiva interna, nos parecen inmensas. Sin embargo, la densidad del Universo en su conjunto es análoga a la de nuestro cuerpo.
El hombre, en el Universo, es semejante a un microorganismo en el cuerpo humano. Si pudiéramos transformarnos en microbios, veríamos a nuestro cuerpo desde el interior, como el cielo estrellado guarnecido de las galaxias que son nuestros órganos. Si por el contrario pudiéramos volvernos inmensos y ver el Universo en su propia escala, lo veríamos como un cuerpo viviente.
Boris Mouravieff, ciclo exotérico.
domingo, 26 de febrero de 2017
domingo, 19 de febrero de 2017
Miedos- identificación
Algunas veces el hombre se pierde en pensamientos que dan vueltas y que regresan una y otra vez a la misma cosa, al mismo desagrado, que él anticipa y que no sólo no acontecerá sino que no puede suceder en realidad.
Estos presentimientos de futuros desagrados, enfermedades, pérdidas y situaciones difíciles, a menudo se adueñan de un hombre a tal punto que se convierten en un soñar despierto. La gente deja de ver y oír lo que realmente pasa, y si alguien logra probarles que sus presentimientos y miedos eran infundados en un caso particular, hasta sienten una cierta desilusión, como si así fueran privados de una agradable esperanza.
Muy a menudo un hombre que lleva una vida culta, en un medio culto,no se da cuenta de cuán grande es el papel que los miedos desempeñan en su vida. Tiene miedo de todo; miedo de sus sirvientes, miedo de los hijos de su vecino, del portero de la entrada, del vendedor de periódicos de la esquina, del chófer del taxi, del dependiente de la tienda, del amigo que ve en la calle y al que trata de adelantarse discretamente para pasar inadvertido. Y a su vez, los niños, los sirvientes, el portero, etcétera, tienen miedo de él.
Esto es así en tiempos ordinarios y normales, pero en tiempos tales como los que estamos atravesando ahora, este miedo que penetra todo se vuelve claramente visible.
No es una exageración decir que una gran parte de los sucesos del año pasado, están basados en el miedo y son resultados del miedo.
El miedo inconsciente es un rasgo muy característico del sueño.
El hombre es poseído por todo lo que le rodea, porque nunca puede mirar con suficiente objetividad su relación con su medio ambiente.
Nunca puede hacerse a un lado, y mirarse a sí mismo junto con todo aquello que lo atrae o lo repele en el momento. Y a causa de esta incapacidad está identificado con todo.
Esto también es un rasgo del sueño.
Usted empieza una conversación con alguien, con el propósito definido de obtener alguna información de él. Para lograr este propósito, nunca debe dejar de observarse, de recordar lo que quiere, de hacerse a un lado, y mirarse a sí mismo y al hombre con el cual está hablando. Pero no lo puede hacer. Nueve de cada diez veces se identificará con la conversación, y en vez de obtener la información que quiere, se encontrará diciéndole cosas que no tenía la intención de decir.
La gente no tiene idea hasta qué punto es arrastrada por el miedo. Este miedo no es fácilmente definible. En la mayoría de los casos es miedo a situaciones embarazosas, miedo de lo que otro pueda pensar. Hay momentos en que este miedo se vuelve casi una obsesión.
G.I.Gurdjieff, Perspectivas desde el mundo real. Essentuki, 1917.
Estos presentimientos de futuros desagrados, enfermedades, pérdidas y situaciones difíciles, a menudo se adueñan de un hombre a tal punto que se convierten en un soñar despierto. La gente deja de ver y oír lo que realmente pasa, y si alguien logra probarles que sus presentimientos y miedos eran infundados en un caso particular, hasta sienten una cierta desilusión, como si así fueran privados de una agradable esperanza.
Muy a menudo un hombre que lleva una vida culta, en un medio culto,no se da cuenta de cuán grande es el papel que los miedos desempeñan en su vida. Tiene miedo de todo; miedo de sus sirvientes, miedo de los hijos de su vecino, del portero de la entrada, del vendedor de periódicos de la esquina, del chófer del taxi, del dependiente de la tienda, del amigo que ve en la calle y al que trata de adelantarse discretamente para pasar inadvertido. Y a su vez, los niños, los sirvientes, el portero, etcétera, tienen miedo de él.
Esto es así en tiempos ordinarios y normales, pero en tiempos tales como los que estamos atravesando ahora, este miedo que penetra todo se vuelve claramente visible.
No es una exageración decir que una gran parte de los sucesos del año pasado, están basados en el miedo y son resultados del miedo.
El miedo inconsciente es un rasgo muy característico del sueño.
El hombre es poseído por todo lo que le rodea, porque nunca puede mirar con suficiente objetividad su relación con su medio ambiente.
Nunca puede hacerse a un lado, y mirarse a sí mismo junto con todo aquello que lo atrae o lo repele en el momento. Y a causa de esta incapacidad está identificado con todo.
Esto también es un rasgo del sueño.
Usted empieza una conversación con alguien, con el propósito definido de obtener alguna información de él. Para lograr este propósito, nunca debe dejar de observarse, de recordar lo que quiere, de hacerse a un lado, y mirarse a sí mismo y al hombre con el cual está hablando. Pero no lo puede hacer. Nueve de cada diez veces se identificará con la conversación, y en vez de obtener la información que quiere, se encontrará diciéndole cosas que no tenía la intención de decir.
La gente no tiene idea hasta qué punto es arrastrada por el miedo. Este miedo no es fácilmente definible. En la mayoría de los casos es miedo a situaciones embarazosas, miedo de lo que otro pueda pensar. Hay momentos en que este miedo se vuelve casi una obsesión.
G.I.Gurdjieff, Perspectivas desde el mundo real. Essentuki, 1917.
viernes, 3 de febrero de 2017
Ante la duda, confía en la acción del universo
Mucha gente venía a visitar a Abu Salish de Marrakech, en cuya tienda se vendían las alfombras más finas de Persia, tapetes de seda china y cinturones de bodas bordados de pájaros y frutos de Pakistán.
A pesar de estar casi ciego, por una recalcitrante diabetes, Abu Salish, que había aprendido fragmentos íntegros del Zohar en su infancia, desgranaba en voz alta versículos bíblicos y dándoles cien vueltas los comentaba de arriba abajo y de abajo arriba, de derecha a izquierda y del centro a los extremos. Cada vez que alguien le preguntaba por qué siempre hacía el mismo juego o volvía sobre las mismas frases, con una sonrisa irónica contestaba:
-Lo importante es el punto de vista, el ángulo de observación. La tierra hace uso de sus estaciones para conocer sus matices, pero por debajo de sus huesos de piedra permanece igual a sí misma. Lo que cambia se llama libertad; lo que permanece se llama constancia. Si somos constantes a pesar de cambio y, además, cambiamos con constancia, nada hay que nos sea imposible.
Su nieto menor servía el te en minúsculos vasos que sonaban a música cuando las cucharillas revolvían el azúcar, y luego, si no estaba demasiado fatigado, con un cuarto o menos de su visión total, Abu Salish, el judío albino, leía en las minúsculas hebras de té del fondo de los vasos el destino de sus consultantes. De joven, como mercader, había viajado mucho cruzando desiertos y mares, pero cuando descubrió el silencio que emanaban cien o doscientas alfombras juntas, comprendió que ese era su lugar; una tienda repleta de lanas tejidas que simulan el Paraíso o jardines de algodón tan diminutos y flexibles que caben en el pañuelo que contiene un estornudo.
-Ante la duda- era una de sus frases favoritas-, confía en la acción del universo. Deja que sea él quien haga lo que tú no puedes hacer.
-¿Acaso el universo es un quien, abuelo? -le preguntó una vez su nieto.
-En todo caso no es solamente un qué- le contestó Abu Salish.
Mario Satz, La palmera transparente.
A pesar de estar casi ciego, por una recalcitrante diabetes, Abu Salish, que había aprendido fragmentos íntegros del Zohar en su infancia, desgranaba en voz alta versículos bíblicos y dándoles cien vueltas los comentaba de arriba abajo y de abajo arriba, de derecha a izquierda y del centro a los extremos. Cada vez que alguien le preguntaba por qué siempre hacía el mismo juego o volvía sobre las mismas frases, con una sonrisa irónica contestaba:
-Lo importante es el punto de vista, el ángulo de observación. La tierra hace uso de sus estaciones para conocer sus matices, pero por debajo de sus huesos de piedra permanece igual a sí misma. Lo que cambia se llama libertad; lo que permanece se llama constancia. Si somos constantes a pesar de cambio y, además, cambiamos con constancia, nada hay que nos sea imposible.
Su nieto menor servía el te en minúsculos vasos que sonaban a música cuando las cucharillas revolvían el azúcar, y luego, si no estaba demasiado fatigado, con un cuarto o menos de su visión total, Abu Salish, el judío albino, leía en las minúsculas hebras de té del fondo de los vasos el destino de sus consultantes. De joven, como mercader, había viajado mucho cruzando desiertos y mares, pero cuando descubrió el silencio que emanaban cien o doscientas alfombras juntas, comprendió que ese era su lugar; una tienda repleta de lanas tejidas que simulan el Paraíso o jardines de algodón tan diminutos y flexibles que caben en el pañuelo que contiene un estornudo.
-Ante la duda- era una de sus frases favoritas-, confía en la acción del universo. Deja que sea él quien haga lo que tú no puedes hacer.
-¿Acaso el universo es un quien, abuelo? -le preguntó una vez su nieto.
-En todo caso no es solamente un qué- le contestó Abu Salish.
Mario Satz, La palmera transparente.
miércoles, 1 de febrero de 2017
Demian
En nuestro siguiente encuentro, el organista me dio una explicación.
- Acostumbramos a trazar límites demasiado estrechos a nuestra personalidad. Consideramos que solamente pertenece a nuestra persona lo que reconocemos como individual y diferenciador. Pero cada uno de nosotros está constituido por la totalidad del mundo; y así como llevamos en nuestro cuerpo la trayectoria de la evolución hasta el pez y aun más allá, así llevamos en el alma todo lo que desde un principio ha vivido en las almas humanas. Todos los dioses y demonios que han existido, ya sea entre los griegos, chinos o cafres, existen en nosotros como posibilidades, deseos y soluciones. Si el género humano se extinguiera con la sola excepción de un niño medianamente inteligente, sin ninguna educación, este niño volvería a descubrir el curso de todas las cosas y sabría producir de nuevo dioses, demonios, paraísos, prohibiciones, mandamientos y viejos y nuevos testamentos.
-Bien - objeté yo-, ¿dónde queda entonces el valor del individuo? ¿Para qué nos esforzamos si ya llevamos todo acabado en nosotros mismos?
-¡Alto! -exclamó violentamente Pistorius-. Hay una gran diferencia entre llevar el mundo en sí mismo y saberlo. Un loco puede tener ideas que recuerden a Platón, y un pequeño y devoto colegial del instituto de Herrnhut puede recrear las profundas conexiones mitológicas que aparecen en los gnósticos o en Zoroastro. ¡Pero él no lo sabe! Mientras no lo sepa es como un árbol o una piedra; en el mejor de los casos, como un animal. En el momento en que tenga la primera chispa de conciencia, se convertirá en un hombre. ¿No irá usted a creer que todos esos bípedos que andan por la calle son hombres solo porque anden derechos y lleven a sus crías nueve meses dentro de sí? Muchos de ellos son peces u ovejas, gusanos o ángeles; otros son hormigas, y otros abejas. En cada uno existen las posibilidades de ser hombre; pero sólo cuando las vislumbra, cuando aprende a hacerlas conscientes, por lo menos en parte, estas posibilidades le pertenecen.
Hermann Hesse.
- Acostumbramos a trazar límites demasiado estrechos a nuestra personalidad. Consideramos que solamente pertenece a nuestra persona lo que reconocemos como individual y diferenciador. Pero cada uno de nosotros está constituido por la totalidad del mundo; y así como llevamos en nuestro cuerpo la trayectoria de la evolución hasta el pez y aun más allá, así llevamos en el alma todo lo que desde un principio ha vivido en las almas humanas. Todos los dioses y demonios que han existido, ya sea entre los griegos, chinos o cafres, existen en nosotros como posibilidades, deseos y soluciones. Si el género humano se extinguiera con la sola excepción de un niño medianamente inteligente, sin ninguna educación, este niño volvería a descubrir el curso de todas las cosas y sabría producir de nuevo dioses, demonios, paraísos, prohibiciones, mandamientos y viejos y nuevos testamentos.
-Bien - objeté yo-, ¿dónde queda entonces el valor del individuo? ¿Para qué nos esforzamos si ya llevamos todo acabado en nosotros mismos?
-¡Alto! -exclamó violentamente Pistorius-. Hay una gran diferencia entre llevar el mundo en sí mismo y saberlo. Un loco puede tener ideas que recuerden a Platón, y un pequeño y devoto colegial del instituto de Herrnhut puede recrear las profundas conexiones mitológicas que aparecen en los gnósticos o en Zoroastro. ¡Pero él no lo sabe! Mientras no lo sepa es como un árbol o una piedra; en el mejor de los casos, como un animal. En el momento en que tenga la primera chispa de conciencia, se convertirá en un hombre. ¿No irá usted a creer que todos esos bípedos que andan por la calle son hombres solo porque anden derechos y lleven a sus crías nueve meses dentro de sí? Muchos de ellos son peces u ovejas, gusanos o ángeles; otros son hormigas, y otros abejas. En cada uno existen las posibilidades de ser hombre; pero sólo cuando las vislumbra, cuando aprende a hacerlas conscientes, por lo menos en parte, estas posibilidades le pertenecen.
Hermann Hesse.
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