viernes, 3 de febrero de 2017

Ante la duda, confía en la acción del universo

Mucha gente venía a visitar a Abu Salish de Marrakech, en cuya tienda se vendían las alfombras más finas de Persia, tapetes de seda china y cinturones de bodas bordados de pájaros y frutos de Pakistán.
A pesar de estar casi ciego, por una recalcitrante diabetes, Abu Salish, que había aprendido fragmentos íntegros del Zohar en su infancia, desgranaba en voz alta versículos bíblicos y dándoles cien vueltas los comentaba de arriba abajo y de abajo arriba, de derecha a izquierda y del centro a los extremos. Cada vez que alguien le preguntaba por qué siempre hacía el mismo juego o volvía sobre las mismas frases, con una sonrisa irónica contestaba:
-Lo importante es el punto de vista, el ángulo de observación. La tierra hace uso de sus estaciones para conocer sus matices, pero por debajo de sus huesos de piedra permanece igual a sí misma. Lo que cambia se llama libertad; lo que permanece se llama constancia. Si somos constantes a pesar de cambio y, además, cambiamos con constancia, nada hay que nos sea imposible.
Su nieto menor servía el te en minúsculos vasos que sonaban a música cuando las cucharillas revolvían el azúcar, y luego, si no estaba demasiado fatigado, con un cuarto o menos de su visión total, Abu Salish, el judío albino, leía en las minúsculas hebras de té del fondo de los vasos el destino de sus consultantes. De joven, como mercader, había viajado mucho cruzando desiertos y mares, pero cuando descubrió el silencio que emanaban cien o doscientas alfombras juntas, comprendió que ese era su lugar; una tienda repleta de lanas tejidas que simulan el Paraíso o jardines de algodón tan diminutos y flexibles que caben en el pañuelo que contiene un estornudo.
-Ante la duda- era una de sus frases favoritas-, confía en la acción del universo. Deja que sea él quien haga lo que tú no puedes hacer.
-¿Acaso el universo es un quien, abuelo? -le preguntó una vez su nieto.
-En todo caso no es solamente un qué- le contestó Abu Salish.

Mario Satz, La palmera transparente.

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