sábado, 13 de enero de 2018

Demian

Un día, como solía ocurrir en nuestro colegio, instalaron a otra clase en nuestra
espaciosa aula, por no sé qué motivos. Esta clase era la de Demian. Nosotros, los
pequeños, teníamos Historia Sagrada, y los mayores debían hacer una redacción.
Mientras nos explicaban la historia de Caín y Abel, yo miraba de reojo la cara de
Demian, que me fascinaba de manera extraña, y observaba aquel rostro seguro,
inteligente y claro inclinado sobre su trabajo con atención y carácter. No parecía en
absoluto un alumno haciendo sus deberes, sino un investigador dedicado a sus propios
problemas. En el fondo no me resultaba simpático; al contrario, sentía algo contra él:
me resultaba superior y frío, demasiado seguro de sí mismo. Sus ojos tenían la
expresión de los adultos -que nunca gusta a los niños-, un poco triste y con destellos de
ironía. Pero yo me sentía obligado a mirarle constantemente, me gustara o no; sin
embargo, cuando él me dirigía la mirada, yo apartaba los ojos asustado. Si hoy recuerdo
el aspecto que tenía Demian entonces, puedo decir que era diferente de todos los demás
en cualquier sentido y que tenía una personalidad muy definida; por eso mismo llamaba
la atención, aunque él hacía todo lo posible por pasar inadvertido, comportándose como
un príncipe disfrazado que se encuentra entre campesinos y se esfuerza en parecer uno
de ellos.
Al terminar las clases, salió detrás de mí. Cuando los demás se dispersaron, me
alcanzó y saludó. También este saludo resultaba muy adulto y cortés, aunque imitara
nuestro tono de colegiales.
-¿Vamos un rato juntos? -me preguntó con amabilidad.
Me sentí muy halagado y dije que sí. Entonces le expliqué dónde vivía.
-¡Ah! ¿Allí? -dijo sonriendo-. Conozco esa casa. Sobre vuestra puerta hay una cosa
muy curiosa que me ha interesado desde que la vi.
No supe al principio a lo que se refería y me asombró que conociera mi casa mejor
que yo. Debía referirse al escudo que campeaba sobre el portón; con el paso del tiempo
se había desgastado y había sido pintado varias veces; creo que no tenía nada que ver
con nosotros y nuestra familia.
-No sé lo que es -dije tímidamente-. Me parece que es un pájaro o algo parecido.
Debe de ser muy antiguo. Dicen que la casa perteneció antiguamente a un convento.
-Puede ser -asintió él-. Obsérvalo bien; esas cosas suelen ser muy interesantes. Creo
que el pájaro es un gavilán.
Seguimos adelante, yo muy aturdido. De pronto, Demian se rió, como si se le hubiera
ocurrido algo muy divertido.
-Hoy he asistido a vuestra clase -dijo-. Sobre la historia de Caín, el que llevaba un
estigma en la frente, ¿no? ¿Te gusta?
No, pocas veces me gustaba lo que tenía que estudiar. Sin embargo, no me atrevía a
decirlo, porque era como si estuviera hablando con una persona mayor. Contesté que la
historia me gustaba.
-No necesitas fingir, amigo. Pero esa historia es verdaderamente muy rara, mucho
más que la mayoría de las que se tratan en clase. El profesor no ha dicho mucho; sólo lo
habitual sobre Dios y el pecado, y todo eso. Pero yo creo...
Se interrumpió sonriendo y me pregunto:
-Oye, ¿pero esto te interesa? Pues yo creo -continuó- que la historia de Caín se puede
interpretar de manera muy distinta. La mayoría de las cosas que nos enseñan son
seguramente verdaderas, pero se pueden ver desde otro punto de vista que el de los
profesores y generalmente se entienden entonces mucho mejor. Por ejemplo, no se
puede estar satisfecho con la explicación que se nos da de Caín y la señal que lleva en
su frente. ¿No te parece? Que uno mate a su hermano en una pelea, puede pasar; que
luego le dé miedo y se arrepienta, también es posible; pero que precisamente por su
cobardía le recompensen con una distinción que le proteja y que inspire miedo, eso me
parece muy raro.
-Sí, es verdad -dije interesado. El asunto empezaba a intrigarme-. ¿Pero cómo vas a
interpretar si no la historia?
Me dio una palmada en el hombro.
-¡Muy sencillo! El estigma fue lo que existió en un principio y en él se basó la historia.
Hubo un hombre con algo en el rostro que daba miedo a los demás. No se atrevían a
tocarle; él y sus hijos les impresionaban. Quizás, o seguramente, no se trataba de una
auténtica señal sobre la frente, de algo como un sello de correos; la vida no suele ser
tan tosca. Probablemente fuera algo apenas perceptible, inquietante: un poco más de
inteligencia y audacia en la mirada. Aquel hombre tenía poder, aquel hombre inspiraba
temor. Llevaba una «señal». Esto podía explicarse como se quisiera; y siempre se
prefiere lo que resulta cómodo y da razón. Se temía a los hijos de Caín, que llevaban
una «señal». Esta no se explicaba como lo que era, es decir, como una distinción, sino
como todo lo contrario. La gente dijo que aquellos tipos con la «señal» eran siniestros; y
la verdad, lo eran. Los hombres con valor y carácter siempre les han resultado siniestros
a la gente. Que anduviera suelta una raza de hombres audaces e inquietantes resultaba
incomodísimo; y les pusieron un sobrenombre y se inventaron una leyenda para
vengarse de ellos y justificar un poco todo el miedo que les tenían. ¿ Comprendes?
-Sí, eso quiere decir que Caín no fue malo. Entonces, ¿toda la historia de la Biblia es
mentira?
-Sí y no. Estas viejas historias son siempre verdad, pero no siempre han sido
recogidas y explicadas como debiera ser. Yo pienso que Caín era un gran tipo y que le
echaron toda esa historia encima sólo porque le tenían miedo. La historia era
simplemente un bulo que la gente contaba; era verdad sólo lo referente al estigma que
Cain y sus hijos llevaban y que les hacían diferentes a la demás gente.
Yo estaba asombrado.
-¿Y crees que lo del asesinato no fue tampoco verdad? -pregunté emocionado.
-¡Oh, sí! Seguramente es verdad. El más fuerte mató a uno más débil. Que fuera su
hermano, eso ya se puede dudar. Además, no importa; a fin de cuentas, todos los
hombres son hermanos. Así que un fuerte mató a un débil. Quizá fue un acto heroico,
quizá no lo fue. En todo caso, los débiles tuvieron miedo y empezaron a lamentarse
mucho. Y cuando les preguntaban: «¿Por qué no le matáis?», ellos no contestaban,
«porque somos unos cobardes», sino que decían: «No se puede. Tiene una señal. ¡Dios
le ha marcado!» Así nació la mentira. Bueno no te entretengo más. ¡Adiós!

Hermann Hesse