miércoles, 26 de diciembre de 2018

Pensamientos y meditaciones

El señor charlatán

Estoy aburrido de los charlatanes y de su cháchara. Mi alma los odia.
Cuando a la mañana me levanto y examino las cartas y revistas que hay al lado de mi cama, las encuentro llenas de cháchara, y todo lo que veo es charla perdida, vacía de significado, pero henchida de hipocresía.
Cuando me siento a la ventana para desprender el velo de sueño que me cubre los ojos y tomar un café turco, delante de mí se aparece el señor Charlatán saltando, gritando y rezongando y condesciende  a beber mi café y a fumar mis cigarrillos.
Cuando voy a trabajar, el señor Charlatán me sigue, cuchicheándome al oído y repiqueteando en mi delicado cerebro. Cuando intento desembarazarme de él, pronto vuelve a inundarlo todo con la corriente de su charla sin sentido.
Cuando voy al mercado, el señor Charlatán se detiene a la puerta de cada comercio y dictamina sobre la gente. Lo veo hasta en las caras de los que están callados, porque a ellos también los acompaña. Y, aunque los perturba, ellos no son conscientes de su presencia.
Si me siento con un amigo, el señor Charlatán se incorpora al grupo, aunque no haya sido invitado. Si lo eludo, se las arregla para quedarse cerca, de modo que el eco de su voz me irrita y revuelve mi estómago como el hedor de la carne podrida.
Cuando visito los tribunales y las instituciones de enseñanza lo encuentro en compañía de su padre y su madre, adornando la Falsedad con ropajes de seda y la Hipocresía con un magnífico manto y un hermoso turbante.
Cuando voy a una fábrica. para mi gran sorpresa, allí también encuentro al señor Charlatán, a su madre, al tío y al abuelo, charlando y moviendo sus gruesos labios. Sus parientes lo aplauden y se ríen de mí.
Si visito templos y otros lugares de culto lo encuentro sentado en un trono, con la cabeza coronada y un cetro refulgente en su mano.
Y cuando vuelvo a mi hogar, al caer la tarde, también lo encuentro en él: se desliza del cielorraso como una culebra o repta como una boa por todos los rincones de la casa.
En resumen, el señor Charlatán está en todas partes, en el cielo y más allá de él, en la tierra o debajo de ella, en las alas del éter o sobre las olas del mar, en bosques y cavernas, en la cima de las montañas.
¿Dónde puede hallar descanso quien ama el silencio?
¿Acaso Dios premiará alguna vez mi alma y me otorgará la gracia de la sordera para que pueda vivir en el paraíso del Silencio?
¿Hay en este universo un rincón al que pueda ir y vivir felizmente por mí mismo?
¿Hay algún lugar donde no exista el tráfico de la conversación vacía?
¿Hay alguien en el mundo que no se auto adore cuando habla?
¿Hay alguna persona cuya boca no sea un refugio en el que se oculta el travieso señor Charlatán?

Khalil Gibran.



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