No cesa de encarnar en forma humana,
de hablar a los piadosos y a los sordos,
de venir a nosotros y alejarse.
No cesa de tener que ascender solo,
de sufrir la aflicción de sus hermanos,
de ser crucificado cada día.
Siempre está pregonando que es Dios mismo,
cielo que baja al valle del pecado,
soplo eterno que en carne desemboca.
No cesa, ni siquiera en estos días,
de seguir su camino y bendecirnos,
de acoger con mirada bienhechora
nuestros miedos, preguntas, llantos y quejas,
mas su mirada sostener no osamos
porque solo los niños la toleran.
Hermann Hesse. Poesías.
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