Capítulo primero
Aristóteles, en el primer libro de los Meteoros, enseña que es bueno y loable
buscar por medio de investigaciones profundas la causa primera que dirige el admirable concierto de las causas segundas, y los sabios, viendo efectos en todas las cosas,
llegan a escrutar las causas ocultas en ellas.
Vemos pues como los cuerpos celestes ejercen una marcada acción sobre los elementos y por la sola virtud de la materia de un solo elemento, ya que de la materia del agua, por ejemplo, pueden extraerse las modalidades aeriforme e igniforme.
Todo principio natural de actividad produce, mientras dura la acción, una multiplicación de sí mismo, como el fuego comunicado a la madera, extrae de esta madera una cantidad mayor de fuego.
Hablaremos pues aquí de los agentes más importantes que existen en la naturaleza.
Los cuerpos supracelestes se presentan siempre a nuestros ojos, revestidos de la forma material de un elemento, pero no participan de la materia de este elemento, y estas esferas son de una esencia mucho más simple y sutil, que las apariencias concretas
de las mismas son los que nosotros percibimos solamente. Y Rogerius ha expresado
muy bien esto: Todo principio de actividad, dice, ejerce su acción por su propia similitud, ésta última al transformarse al mismo tiempo en principio pasivo receptor, pero sin diferir específicamente del principio activo que la ha engendrado...
... En efecto, el hombre no puede actuar por la multiplicación de su similitud
como actúa por su propia voluntad, ya que la complejidad de su ser le obliga
siempre a cumplir una pluralidad de acciones. Esta es la razón, como prueba Rogerius
en el libro de Influentus, por la que si el hombre pudiera, al contrario, producir como el fuego una acción poderosa a través de su similitud, no habría ninguna duda
que su especie sería verdaderamente un hombre, de donde se podría deducir que la similitud multiplicada del hombre no sería completamente un hombre, estando situada por encima de la especie.
Santo Tomás de Aquino
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